Nací un lunes a las 6:30 de la mañana, en una casa de monjas sobre la calle Morelos, aquí, en la ciudad de Oaxaca. Mi madre tenía 19 años y mi padre 21. Fui la primera de cuatro hijos de una pareja que este año cumple 40 años de caminar juntos, atravesando también sus propias historias, crisis, aprendizajes, resignificaciones y maneras de estar juntxs.

Quizá por eso mi historia personal siempre ha estado muy ligada a las preguntas sobre los vínculos, las formas en que construimos nuestras historias y las posibilidades que tenemos de reescribirlas.

Soy psicóloga, con una maestría en Psicología por la UNAM, con residencia en Terapia Familiar, y una segunda maestría en Prácticas Narrativas, por el Colectivo de Prácticas Narrativas. Mi formación se ha acompañado de otros caminos, entre ellos la hipnoterapia ericksoniana y la educación de la sexualidad, pero ha sido el encuentro con las Prácticas Narrativas el que me ha permitido poner en palabras muchas de las preguntas que ya habitaban mi manera de mirar a las personas y sus historias.

Soy madre de una chula de cuatro años. Ser su mamá me ha llevado a reentender muchas cosas: la infancia, los vínculos, el cuidado, los límites, el acompañamiento y, sobre todo, el significado de la congruencia. Ella me recuerda cotidianamente que no basta con decir aquello en lo que creemos; también tenemos que intentar vivirlo.

Soy divorciada y hoy nuevamente comparto camino con el papá de mi hija. Esta parte de mi historia también forma parte de las preguntas que me acompañan: cómo se transforman los vínculos, cómo podemos construir nuevas formas de relacionarnos y cómo las historias que alguna vez parecían tener un único desenlace pueden abrirse a otras posibilidades.

En Oaxaca fundé un centro psicológico en el que actualmente colaboro con seis amigas y colegas. Más que un espacio de atención psicológica, hemos intentado construir un lugar donde distintas miradas puedan encontrarse y donde la práctica profesional pueda sostenerse también desde la colaboración.

Ahora estoy por abrir un nuevo espacio para infancias, donde el juego ocupará un lugar central. Un lugar pensado para que niñas y niños puedan explorar, imaginar, relacionarse, crear y desarrollar sus propios recursos a través del juego. Este proyecto nace también de una convicción que ha ido tomando cada vez más fuerza en mi vida: que acompañar el desarrollo no significa decirle a alguien quién tiene que ser, sino crear condiciones para que pueda descubrir quién puede llegar a ser.

Hoy mi práctica se encuentra justo en ese cruce entre lo personal y lo profesional: los vínculos, las familias, las infancias, la crianza, la educación y las historias que contamos sobre nosotros mismos.

Y quizá hoy lo que más sostiene mi manera de acompañar la práctica clinica es una certeza que, paradójicamente, no busca convertirse en respuesta: no siempre necesitamos saber hacia dónde ir; a veces necesitamos a alguien que pueda acompañarnos a habitar la pregunta, sostener la incertidumbre y mirar con nosotrxs las posibilidades que van apareciendo. Es ahí donde hoy encuentro mucho sentido a mi práctica: en acompañar preguntas más que en ofrecer respuestas.

 
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Nélida Hernández Guajardo